Pum. Ese probablemente sería el último ruido que José estuviera dispuesto a escuchar, cuando la bala se le alojara en el cerebro y le diera final a su vida. La decisión que acababa de tomar probablemente había sido la más difícil de su existencia, ya que nunca es fácil darle un fin voluntario a esta. A veces se necesita más pelotas para cometer un acto de suicidio que para solucionar los problemas que deben enfrentar la vida.
Ahí estaba el arma. La acción a llevar a cabo parecía tan simple pero era tan complicada. El reloj comenzaba a correr más lento. Cada segundo que pasaba era un segundo que empujaba a José a abandonar la estúpida idea de matarse, pero la decisión ya estaba tomada.
De repente se le antojó una cerveza, que sería la última de la noche y de su período en la tierra. Fue a la heladera, sacó una lata de Heineken y se la tomó de un tirón. El alcohol rápidamente subió a su cabeza y le permitió agarrar el arma apoyada sobre la mesa del living. Luego abrió su boca e introdujo el caño de la pistola dentro de ella. Después de un simple movimiento del dedo índice todo acabaría.
Cerró los ojos y comenzó a contar hasta 10. El décimo número sería lo último que pronunciaría. De repente se acordó que no había dejado comida en el plato de su perro. Fue a la despensa de su casa, buscó la bolsa de alimento y le sirvió a “Roni” su ración diaria, el cual a pesar de que siempre se ponía contento por la situación, esta vez permaneció en el rincón junto al lavadero con una mueca de tristeza y la cola quieta. Él no entendía lo que ocurría pero tenía el presentimiento de que no terminaría en nada bueno. Finalmente José volvió a entrar a la casa. Pasó por la puerta de su habitación y divisó la pila de libros apoyada sobre su mesita de luz. Entró para darle una última mirada a estos, los cuales lo habían acompañado desde su infancia. No existió momento en su vida en que José no tuviera algún libro sobre la mesita al lado izquierdo de su cama, casi siempre con un señalador marcando alguna página. Cada libro leído terminaba guardado en la biblioteca ubicada en el living, volviéndose un trofeo, el cual siempre se podría releer y volver a saborear el placer conseguido.
De repente sintió un último deseo. Quiso dejar unas palabras a sus dos hijas, que si bien hacía mucho tiempo se habían marchado de la casa y lo habían dejado solo, sintió que debía expresarles su sentimiento de aprecio y también pedirles disculpas. Era muy doloroso saber que no les había dedicado el tiempo suficiente, porque mientras ellas necesitaron un poco de tiempo de su padre, el se lo había negado pasando horas en su oficina escribiendo aquellos libros que tan famoso lo habían hecho, pero a su vez tan solo lo habían dejado. Tantas horas dentro de aquella pequeña habitación sin enterarse de que el mundo seguía y que él se lo estaba perdiendo. Cuando decidió salir y darse cuenta de que afuera existía una realidad cambiante, ya era demasiado tarde.
Al hacer todo esto, sintió la necesidad de contar una última historia, un último pensamiento. Plasmar las últimas palabras sobre un papel. Fue al living, agarró un anotador y una lapicera ubicados al lado del teléfono que se encontraba en una mesita, entre el televisor y el sillón blanco que usaba siempre que tenía ganas de leer un libro. Se sentó en una de las sillas de la mesa del living y comenzó a escribir. Pasaron las horas y también las páginas escritas.
De repente se despertó. Todavía seguía con los pies en la tierra. No se había suicidado. Miró el reloj. Eran las 9 de la mañana. Se preguntó si había sido solo un sueño, pero la duda despareció al ver el anotador sobre la mesa. Sonó el timbre. Rápidamente fue al baño, se acomodó los pelos y se lavó la cara. Atendió el llamado a su puerta y se llevó una sorpresa. Eran sus dos hijas, junto a tres pequeños niños que debían ser sus nietos. -¡Feliz cumpleaños abuelo!-